«Mientras oraba, el aspecto de su rostro
cambió»
Lectura del libro del
Génesis 15, 5-12.17-18
«Y sacándole
afuera, le dijo: "Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes
contarlas". Y le dijo: "Así será tu descendencia". Y creyó él en
Yahveh, el cual se lo reputó por justicia. Y le dijo: "Yo soy Yahveh que
te saqué de Ur de los caldeos, para darte esta tierra en propiedad". Él
dijo: "Mi Señor, Yahveh, ¿en qué conoceré que ha de ser mía?" Díjole:
"Tráeme una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de
tres años, una tórtola y un pichón".
Tomó él todas estas cosas, y
partiéndolas por medio, puso cada mitad enfrente de
Lectura de la carta
«Hermanos, sed imitadores míos, y fijaos en los que viven según el modelo que tenéis en nosotros. Porque muchos viven según os dije tantas veces, y ahora os lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición, cuyo Dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, que no piensan más que en las cosas de la tierra.
Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas. Por tanto, hermanos míos queridos y añorados, mi gozo y mi corona, manteneos así firmes en el Señor, queridos.»
Lectura del Santo
Evangelio según San Lucas 9, 28b-36
«Tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago,
y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro
se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que
conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían
en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén. Pedro y
sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron
su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Y sucedió que, al separarse
ellos de él, dijo Pedro a Jesús: "Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a
hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías", sin
saber lo que decía. Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los
cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor. Y vino una
voz desde la nube, que decía: "Este es mi Hijo, mi Elegido;
escuchadle". Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos
callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.»
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
Jesucristo en el Evangelio (Lucas 9,
28b-36) revela la plenitud de la Ley y de la Profecía apareciendo a los
discípulos entre Moisés y Elías. Revela igualmente su propia plenitud que
resplandece en su ser resplandeciente y transfigurado. En Jesucristo llega
también a su plenitud el pacto, la promesa extraordinaria, hecha a Abraham (Génesis
15, 5-12.17-18). En la carta a los Filipenses[1],
La fe de Abraham
«Muchas obras buenas había hecho Abraham más no por ellas fue
llamado amigo de Dios, sino después que creyó, y que toda su obra fue
perfeccionada por la fe», nos dice San Cirilo. Tan grande
fue su fe, que Abraham creyó contra toda esperanza que Dios le daría una
descendencia numerosa. Por la fe había abandonado su patria, por la fe había
soportado las más grandes aflicciones y penalidades; por la fe estaría
dispuesto a renunciar a todo y hasta de sacrificar su único hijo. Por eso es
llamado, como leemos en el Catecismo, de «padre
de todos los creyentes»[2]. El
singular ritual que hemos leído en
Ante todo... ¿qué significa «transfiguración»?
La palabra «transfiguración», que da el nombre a este episodio, es la traducción de la palabra griega «metamorfosis», que significa «transformación». Los relatos que leemos en los Evangelios de San Marcos y San Mateo, no sabiendo cómo expresar lo que ocurrió, dicen literalmente que Jesús «se metamorfoseó ante ellos». Pero San Lucas prefiere evitar la expresión para que no se piense que Jesús se transformó en otro; es lo que podría sugerir la palabra «metamorfosis». Lucas dice simplemente que «el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos se volvieron de un blanco fulgurante». Por ese mismo motivo, cuando traducimos esa expresión de los relatos de Marcos y Mateo, decimos que Jesús «se transfiguró ante ellos». De aquí el nombre Transfiguración.
«Ocho días después de estas palabras...»
Lo primero que nos llama la atención es que la lectura comience con la segunda parte del versículo 28, y se nos despierta la curiosidad por saber qué dice la primera parte. El versículo completo dice: «Sucedió que unos ocho días después de estas palabras, Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar». Ahora mayor es nuestra curiosidad por saber qué ocurrió ocho días antes y cuáles fueron las palabras que dijo Jesús en esa ocasión. Por medio de esta cronología tan precisa, el mismo evangelista sugiere vincular la Transfiguración con lo ocurrido antes. Ocho días antes había tenido lugar el episodio de la profesión de fe de Pedro (ver Lc 9, 18-21). Es interesante ver cómo el relato mencionado es introducido por San Lucas de manera análoga: «Sucedió que mientras Jesús estaba orando a solas, se hallaban con Él los discípulos y Él les preguntó: '¿Quién dice la gente que soy yo?». Los apóstoles citan diversas opiniones que flotaban en el ambiente; sin embargo Pedro, en representación de todos dice: «El Cristo de Dios». Dicho en castellano habría que leerlo: «El Ungido de Dios». Lo que Pedro quiere decir es que, según ellos, Jesús es el «Ungido[3]» (Mesías), el hijo de David prometido por Dios a Israel para salvar al pueblo.
«Este
es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle»
Sin embargo, esa noción era insuficiente ya que «ocho días después...» los apóstoles van a escuchar ¡qué dice Dios mismo sobre Jesús! Esta es la idea central de la Transfiguración. «Y vino una voz desde la nube que decía: 'Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle'». Con estas palabras -corroboradas por el hecho mismo de la Transfiguración de Jesús- Dios nos revela la identidad de Jesús. La nube nos hace recordar otra gran manifestación de Dios a su pueblo, esa vez en el monte Sinaí cuando les dio el decálogo. Dios dijo a Moisés: «Mira: voy a presentarme a ti en una densa nube para que el pueblo me oiga hablar contigo, y así te dé crédito para siempre» (Ex 19,9).
El título «mi Elegido», dado por Dios, informa a los apóstoles que Jesús es el hijo de David, el Salvador que esperaban. En efecto, Dios usa los términos del Salmo 89 que, aunque dichos en tiempos verbales pretéritos, se entendían referidos a un David futuro, a un Ungido (Mesías) por venir (ver Sal 89,4.21). La voz de la nube declara que ese Elegido es Jesús. Por otro lado, la voz ha declarado que éste mismo es su Hijo. Quiere decir que ha sido engendrado por Dios y posee en plenitud su misma naturaleza divina, es decir, que es Dios verdadero. Por tanto, sólo en Jesús todo otro hombre o mujer puede ser «elegido» y sólo en él puede ser adoptado como hijo de Dios. Nosotros estamos llamados a ser hijos de Dios en el Hijo; somos hijos de Dios en la medida en que estemos incorporados a Cristo por el Bautismo y los demás sacramentos, sobre todo, por nuestra participación en la Eucaristía.
La
alegría de la oración
El relato se abre diciendo que «Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago y subió al monte a orar. Y sucedió que mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió...». El evangelista quiere subrayar que el hecho ocurrió dentro de la oración de Jesús. Él subió al monte para orar. Y en medio de la oración fue rodeado de una luz fulgurante. Viendo los apóstoles a Jesús orar y revelar ante ellos su gloria exclaman: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». El Evangelio agrega que Pedro «no sabía lo que decía». Pero una cosa él sabía bien: que era bueno estar allí ante esa visión de Cristo. Podemos concluir que, si al revelar Jesús un rayo de su divinidad nos entusiasma de esa manera y nos llena de una alegría tan total, ¡qué será cuando lo veamos cara a cara! (ver 1Cor 13,12; 1Jn 3,2).
«Ciertas
palabras...»
No nos hemos olvidado de que hemos mencionado que la Transfiguración ocurrió ocho días después de la profesión de Pedro y de «ciertas palabras...» de Jesús. Esas palabras fueron el primer anuncio de su pasión. Inmediatamente después de la profesión de Pedro, Jesús comenzó a decir: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado... ser matado, y al tercer día resucitar» (Lc 9,22). Estas palabras tienen relación estrecha con la Transfiguración, pues enuncian el tema que trataban Moisés y Elías con Jesús: «Conversaban con él... Moisés y Elías, los cuales aparecían en gloria y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén». Los apóstoles eran reacios a enfrentar el tema de la pasión, pues no concebían que Jesús, reconocido como «la fuerza salvadora» suscitada por Dios, tuviera que sufrir y ser muerto; Moisés y Elías, en cambio, hablaban del desenlace que tendría el camino de Jesús en Jerusalén como de su mayor título de gloria. Ellos comprendían que por medio de su pasión Jesús llevaría hasta el extremo el amor a su Padre y a los hombres, pues por su muerte en la cruz daría la gloria debida a su Padre y obtendría para los hombres la redención del pecado.
Una
palabra del Santo Padre:
«En este domingo, la liturgia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor. La página evangélica de hoy cuenta que los apóstoles Pedro, Santiago y Juan fueron testigos de este suceso extraordinario. Jesús les tomó consigo «y los lleva aparte, a un monte alto» (Mateo 17, 1) y, mientras rezaba, su rostro cambió de aspecto, brillando como el sol, y sus ropas se convirtieron en cándidas como la luz. Aparecieron entonces Moisés y Elías, y empezaron a hablar con Él. En ese momento, Pedro dijo a Jesús: «Señor, bueno es que estemos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías» (v. 4). Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió.
El evento de la Transfiguración del Señor nos ofrece un mensaje de esperanza —así seremos nosotros, con Él—: nos invita a encontrar a Jesús, para estar al servicio de los hermanos.
La ascensión de los discípulos al monte Tabor nos induce a reflexionar sobre la importancia de separarse de las cosas mundanas, para cumplir un camino hacia lo alto y contemplar a Jesús. Se trata de ponernos a la escucha atenta y orante del Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos de oración que permiten la acogida dócil y alegre de la Palabra de Dios. En esta ascensión espiritual, en esta separación de las cosas mundanas, estamos llamados a redescubrir el silencio pacificador y regenerador de la meditación del Evangelio, de la lectura de la Biblia, que conduce hacia una meta rica de belleza, de esplendor y de alegría. Y cuando nosotros nos ponemos así, con la Biblia en la mano, en silencio, comenzamos a escuchar esta belleza interior, esta alegría que genera la Palabra de Dios en nosotros. En esta perspectiva, el tiempo estivo es momento providencial para acrecentar nuestro esfuerzo de búsqueda y de encuentro con el Señor. En este periodo, los estudiantes están libres de compromisos escolares y muchas familias se van de vacaciones; es importante que en el periodo de descanso y desconexión de las ocupaciones cotidianas, se puedan restaurar las fuerzas del cuerpo y del espíritu, profundizando el camino espiritual.
Al
finalizar la experiencia maravillosa de la Transfiguración, los discípulos
bajaron del monte (cf v. 9) con ojos y corazón transfigurados por el encuentro
con el Señor. Es el recorrido que podemos hacer también nosotros. El redescubrimiento
cada vez más vivo de Jesús no es fin en sí mismo, pero nos lleva a «bajar del
monte», cargados con la fuerza del Espíritu divino, para decidir nuevos pasos
de conversión y para testimoniar constantemente la caridad, como ley de vida
cotidiana. Transformados por la presencia de Cristo y del ardor de su palabra,
seremos signo concreto del amor vivificante de Dios para todos nuestros
hermanos, especialmente para quien sufre, para los que se encuentran en soledad
y abandono, para los enfermos y para la multitud de hombres y de mujeres que,
en distintas partes del mundo, son humillados por la injusticia, la prepotencia
y la violencia. En la Transfiguración se oye la voz del Padre celeste que dice:
«Este es mi hijo amado, ¡escuchadle!» (v. 5). Miremos a María, la Virgen de la
escucha, siempre preparada a acoger y custodiar en el corazón cada palabra del
Hijo divino (cf. Lucas 1, 51). Quiera nuestra Madre y Madre de Dios ayudarnos a
entrar en sintonía con la Palabra de Dios, para que Cristo se convierta en luz
y guía de toda nuestra vida. A Ella encomendamos las vacaciones de todos, para
que sean serenas y provechosas, pero sobre todo el verano de los que no pueden
tener vacaciones porque se lo impide la edad, por motivos de salud o de
trabajo, las limitaciones económicas u otros problemas, para que aun así sea un
tiempo de distensión, animado por las amistades y momentos felices».
Papa
Francisco. Ángelus, domingo 6 de agosto de 2017
Vivamos
nuestro Domingo a lo largo de la semana.
1. ¿Cómo estoy viviendo mi vida de oración en esta Cuaresma?
2. ¿Qué puedo hacer para acoger la invitación de ser «hombres y mujeres transfigurados»?
3.
Leamos en el Catecismo de
[1] Pablo fundó la iglesia de Filipos, la primera de Europa, alrededor del
año 50. La carta a los filipenses la escribió desde la prisión, hallándose
posiblemente en Roma en los años
[2] Ver Catecismo de
[3] Ver Catecismo de
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