« El Reino de los
Cielos es semejante a un grano de mostaza»
Lectura del libro del Eclesiástico
3, 17- 24
«Haz, hijo, tus obras con dulzura,
así serás amado por el acepto a Dios. Cuanto más grande seas, más debes
humillarte, y ante el Señor hallarás gracia. Pues grande es el poderío del
Señor, y por los humildes es glorificado. No busques lo que te sobrepasa, ni lo
que excede tus fuerzas trates de escrutar. Lo que se te encomienda, eso medita,
que no te es menester lo que está oculto.
En lo que excede a tus obras no te
fatigues, pues más de lo que alcanza la inteligencia humana se te ha mostrado
ya. Que a muchos descaminaron sus prejuicios, una falsa ilusión extravió sus
pensamientos».
Lectura de la carta de San Pablo a
los Filipenses 3, 8-14
«Y más aún: juzgo que todo es
pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por
quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser
hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que
viene por la fe de Cristo, la justicia
que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su
resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en
su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos.
No que lo tenga ya conseguido o
que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo,
habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo
haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me
lanzo a lo que está por delante,
corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo
alto en Cristo Jesús».
Lectura del Santo Evangelio según
San Mateo 13, 31-35
«Otra
parábola les propuso: “El Reino de los Cielos es semejante a un grano de
mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña
que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace
árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas”.
Les
dijo otra parábola: “El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó
una mujer y la metió en tres medidas de
harina, hasta que fermentó todo”. Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente,
y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta:
Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación
del mundo».
Pautas para la reflexión personal
El nexo entre las lecturas
¿Qué
es la santidad? Las bellas lecturas de esta Solemnidad nos hablan claramente
cuál es el camino que debemos de recorrer para alcanzar la santidad. «Hacer tus obras con dulzura» nos dice
el libro del Eclesiástico, pero con humildad ya que «cuánto más grande seas, más debes de humillarte». Para San Pablo
el camino a la santidad es una carrera donde todas las cosas las tiene «por basura para ganar a Cristo». Tal es
su ardor y amor por alcanzar la meta prometida. Finalmente vemos cómo el Señor
Jesús, mediante dos parábolas, nos enseña la senda a recorrer: la humildad.
Seremos «grandes» en la medida que seamos conscientes de nuestra «pequeñez». Y
así el Señor hará maravillas. Santa Rosa de Lima encarnó plenamente este ideal
de sencillez floreciendo así, como el primer fruto de santidad en estas tierras
americanas.
«Cuanto más grande seas, más debes humillarte»
Las palabras del libro del
Eclesiástico adquieren una vigencia extraordinaria ante el ejemplo de nuestro
Señor Jesucristo: «Yo estoy entre
vosotros como un sirviente» (Lc 22, 27). Y lavó los pies de todos sus
apóstoles, incluyendo a Judas Iscariote, para que lo imitáramos (ver Jn 13,14);
y se negó a sí mismo para gloria de Dios
Padre(ver Flp 2,3ss). ¿Quién encarnará de manera particular este camino de
dulzura, de humildad y de plena colaboración gracia? Sin duda nuestra Madre
María. Ella se ve a sí misma como «la
sierva del Señor» y proclama, ante su prima Isabel, su humildad
precisamente cuando es elevada a una grandeza por la cual todas las
generaciones la llamarán «bienaventurada»
(ver Lc 1, 46- 55).
El libro del Eclesiástico si
bien forma parte de la Biblia griega – llamada de los Setenta – no figura en el
canon judío. Sin embargo, fue compuesta en hebreo. San Jerónimo la conoció en
su lengua original y los rabinos la citaban. Cerca de dos tercios de este texto
hebreo fueron encontrados en 1896 en los restos de varios manuscritos de la
Edad Media procedentes de una antigua sinagoga en el Cairo. Pequeños fragmentos
han aparecido en una de las cuevas de Qumrán[1] y
en 1964 se ha descubierto en Masada[2] un
largo texto que contiene los capítulos 38, 27 al 44, 17 en escritura del siglo
I A.C.
Su título latino «Eclesiaticus» es una denominación
reciente que sin duda subraya el uso oficial que hacía la Iglesia en sus
primeros siglos, en contraposición con la Sinagoga. En el último versículo
vemos que el libro se llamaba «Sabiduría
de Jesús, hijo de Sirá» (Eclo 51,30). También leemos en otro acápite: «Instrucción de inteligencia y ciencia ha
grabado en este libro Jesús, hijo de
Sirá, Eleazar de Jerusalén que vertió
de su corazón sabiduría a raudales» (Eclo 50, 27). El nieto del autor
explica, en el prólogo, que tradujo el libro cuando vino a residir en Egipto el
año 38 del rey Evergetes (ver Eclo 1, 1-34). No puede tratarse más que Ptolomeo
VII Evergetes, y la fecha corresponde al año 132 A.C. Su abuelo, Ben Sirá,
escribió alrededor del año 190- 180 A.C.
«Todas las
cosas las tengo por basura para ganar a Cristo»
¿Qué lleva a una persona
afirmar que: «todas las cosas, y las tengo por
basura para ganar a Cristo»? San Pablo abre su corazón y nos
comparte cuál ha sido su experiencia personal al encontrarse con el Señor
Jesús. Nos dice «lo que para mí era
ganancia, lo he juzgado pérdida a causa de Cristo» (Flp 3, 7). Todo es
ahora sopesado desde el encuentro con el «Señor de la Vida». Nada de lo que
vemos en este mundo podrá saciar nuestro corazón. El joven rico del Evangelio
tenía también ese profundo «hambre de
Dios» pero no pudo ser fiel a lo que ardía dentro de él. Entonces vemos
como se aleja triste «porque tenía muchos
bienes» que cerraron su corazón a la gracia de Dios (ver Mc 10,22).
¿Cómo entiende San Pablo la
vida cristiana? San Pablo usará la metáfora de una carrera la cual no debe
entenderse como una carrera de 100 metros, sino como una maratón que dura toda
la vida hasta llegar a la meta: la vida eterna. Como dice San Agustín: «Si tú dices basta, estás muerto». Por
otro lado nos recomienda no mirar lo que uno ha dejado ya que corramos dejando
atrás esas pesadas piedras (recuerdos negativos, añoranzas, pecados habituales,
etc.) que no nos llevan a ningún lugar sino simplemente nos atrasan en nuestro
camino al cielo.
El Reino de los Cielos
Las parábolas que leemos en la lectura del Evangelio de San Mateo nos
introducen al tema de: «El Reino de los
Cielos es semejante a...». Inmediatamente la pregunta que nos hacemos es:
¿Qué es el Reino de los Cielos? ¿Qué quiere decir Jesús con esta expresión que
es usada tan a menudo por Él? En realidad, vemos como Jesús busca a través de
las parábolas transmitir una idea más clara de lo que es el «Reino de los
Cielos». Sin duda es la podemos afirmar que es la mejor expresión para llamar
de alguna manera adecuada y verdadera la novedad que entró en el mundo con su
venida. En la Persona de Jesús Dios mismo entró en la historia humana. El Dios
que «habita una luz inaccesible y a quien
no ha visto ningún ser humano ni lo puede ver» (1Tm 6,16), aquél cuyo
nombre es tan trascendente que ni siquiera se podía pronunciar, ahora es parte
de nuestra historia humana; todo hombre y toda mujer tienen parentesco con Él,
pues todos comparten con Él la naturaleza humana. Esto es lo que San Juan nos
dice de manera tan contundente: «La
Palabra era Dios... La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros»
(Jn 1,1.14). Ya no es un Dios lejano e inaccesible; ahora habita entre
nosotros, se ha hecho uno de nosotros. El misterio admirable de que el Eterno
haya entrado en el tiempo y el Inmenso se haya hecho un niño pequeño no se
puede encerrar en fórmulas exactas; sólo se puede sugerir. Con este fin
recurrió Jesús al concepto de «Reino de
los Cielos».
Por medio de la parábola del grano de mostaza Jesús quiere predecir el
asombroso crecimiento que tendría en el mundo lo que comenzó tan modestamente
con sus primeros discípulos: «El grano de
mostaza es ciertamente más pequeña que cualquier otra semilla, pero cuando
crece es mayor que las hortalizas y se hace árbol». Por medio de la
parábola de la levadura en la masa Jesús impone a sus discípulos la tarea de
difundir en el mundo y hacer penetrar en todos los ambientes lo enseñado por
él: «El Reino de los cielos es como la
levadura que fermenta todo». A esto se refiere la expresión «evangelización
de la cultura»; se trata de que los valores evangélicos resplandezcan en todas
las manifestaciones de la vida humana. Los santos serán esa levadura en medio
de la masa. El gran escritor francés Georges Bernanos, a quien siempre le
fascinó la idea de los santos, decía que «cada
vida de santo es como un nuevo florecimiento de primavera». Sin duda Santa
Rosa destacó como fruto maduro de santidad en ese bello jardín primaveral.
Una
palabra del Santo Padre:
«¡Queridos
amigos, cuántos ejemplos tienen ustedes! Pienso en san Martín de Porres. Nada
le impidió a ese joven cumplir sus sueños, nada le impidió gastar su vida por
los demás, nada le impidió amar y lo hizo porque había experimentado que el
Señor lo había amado primero. Así como era: mulato, y teniendo que enfrentar
muchas privaciones. A los ojos humanos, o de sus amigos, parecía que tenía todo
para «perder» pero él supo hacer algo que sería el secreto de su vida: confiar.
Confió en el Señor que lo amaba, ¿saben por qué? Porque el Señor había confiado
primero en él; como confía en cada uno de ustedes y no se cansará nunca de
confiar.
Me
podrán decir: pero hay veces que se vuelve muy difícil. Los entiendo. En esos
momentos pueden venir pensamientos negativos, sentir que hay muchas situaciones
que se nos vienen encima y pareciera que nos vamos quedando «fuera del
mundial»; pareciera que nos van ganando. Pero no es así, ¿verdad? Hay momentos
donde pueden sentir que se quedan sin poder realizar el deseo de sus vidas, de
sus sueños. Todos hemos pasado situaciones así.
Queridos
amigos, en esos momentos donde parece que se apaga la fe no se olviden que
Jesús está a su lado. ¡No se den por vencidos, no pierdan la esperanza! No se
olviden de los santos que desde el cielo nos acompañan; acudan a ellos, recen y
no se cansen de pedir su intercesión. Esos santos de ayer pero también de hoy:
esta tierra tiene muchos, porque es una tierra «ensantada». Busquen la ayuda,
el consejo de personas que ustedes saben que son buenas para aconsejar porque
sus rostros muestran alegría y paz. Déjense acompañar por ellas y así andar el
camino de la vida.
Jesús
quiere verlos en movimiento; quiere verte llevar adelante tus ideales, y que te
animes a seguir sus instrucciones. Él los llevará por el camino de las
bienaventuranzas, un camino nada fácil pero apasionante, un camino que no se
puede recorrer sólo, sino en equipo, donde cada uno puede colaborar con lo
mejor de sí. Jesús cuenta contigo como lo hizo hace mucho tiempo con santa Rosa
de Lima, santo Toribio, san Juan Macías, san Francisco Solano y tantos otros.
Hoy te pregunta a vos si, al igual que ellos, estás dispuesto a seguirlo.
¿Estás dispuesto a seguirlo? ¿A dejarte impulsar por su Espíritu para hacer
presente su Reino de justicia y amor? Queridos amigos, el Señor los mira con
esperanza, nunca se desanima de nosotros».
Papa
Francisco. Ángelus 21 de enero de 2018. Plaza de Armas, Lima, Perú.
Vivamos
nuestro domingo a lo largo de la semana
1. Nos dice Santa Rosa: «Esta es la única verdadera
escala del Paraíso, fuera de la Cruz no hay otra por donde subir al cielo»[3]. ¿Acepto mi Cruz diaria como verdadero camino para
ir al Cielo?
2. Nos decía
el entonces Cardenal Joseph Ratzinger el año 1986 en su visita al Santuario de
Santa Rosa de Lima: «De cierta forma esta mujer es la personificación de la
Iglesia en América Latina: inmersa en el sufrimiento, desprovista de medios
materiales y de un poder significativo; pero envuelta por el íntimo ardor
causado por la proximidad de Jesucristo». ¿Realmente yo ardo en mi encuentro
con Jesucristo? ¿Deseo ardientemente la santidad?
[1] Qumrán: nombre de una
santiguas ruinas ubicadas al noroeste del mar Muerto. En esta región se han
descubierto desde 1947 once cuevas con importantes depósitos de documentación bíblica.
Las excavaciones (1951-1956) indican que
los grupos de edificios encontrados constituían la sede de la comunidad
monástica que produjo los rollos del mar Muerto. En la época de Cristo, Qumrán
era el centro de una gran comunidad religiosa, probablemente de la secta
esenia. Los esenios se escindieron de la religión judía en el siglo II A.C., y,
perseguidos por los Macabeos, huyeron al desierto, que les pareció muy adecuado
para su vida ascética. El enclave de Qumrán fue probablemente ocupado hacia el
135 a.C. Abandonado tras un terremoto en el 31 a.C., fue finalmente destruido
por los romanos en el 68 D.C.
[2] Masada (del hebreo, Metsada; ‘fortaleza’), antigua
fortificación en la cumbre de una montaña en el desierto, a unos 48 km al
sureste de Jerusalén, escenario de la última resistencia llevada a cabo por los
zelotes judíos en su revuelta contra el dominio del Imperio romano (66-73 D.C.).
En el siglo I a.C. el rey judío Herodes el Grande construyó dos palacios
fortificados. Tras la muerte de Herodes, Masada fue ocupada por una guarnición
romana hasta que los zelotes la capturaron en el 66 D.C. Cuando Jerusalén fue
tomada por los romanos en el 70, los últimos rebeldes que quedaban (unas mil
personas, entre las que se contaban incluso mujeres y niños) se retiraron a la
remota cumbre de la montaña. Bajo el mando de su líder, Eleazar ben Jair, resistieron
un sitio de más de dos años por parte de la X Legión Romana, suicidándose antes
de rendirse en el 73.
[3] Catecismo de la Iglesia Católica, 618.