lunes, 5 de agosto de 2019

Transfiguración del Señor – 6 de agosto de 2019

«Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle»

Lectura del libro del profeta Daniel 7,9-10.13-14

«Mientras yo contemplaba: Se aderezaron unos tronos y un Anciano se sentó. Su vestidura, blanca como la nieve; los cabellos de su cabeza, puros como la lana. Su trono, llamas de fuego, con ruedas de fuego ardiente. Un río de fuego corría y manaba delante de él. Miles de millares le servían, miríadas de miríadas estaban en pie delante de él. El tribunal se sentó, y se abrieron los libros. Miré entonces, atraído por el ruido de las grandes cosas que decía el cuerno, y estuve mirando hasta que la bestia fue muerta y su cuerpo destrozado y arrojado a la llama de fuego. A las otras bestias se les quitó el dominio, si bien se les concedió una prolongación de vida durante un tiempo y hora determinados. Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás».


Lectura de la segunda carta de San Pedro 1,16-19

«Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: “Este es mi Hijo muy amado en quien me complazco”. Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo. Y así se nos hace más firme la palabra de los profetas, a la cual hacéis bien en prestar atención, como lámpara  que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazones el lucero de la mañana».


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 9,28b – 36

«Tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Y sucedió que, al separarse ellos de él, dijo Pedro a Jesús: “Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía. Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor. Y vino una voz desde la nube, que decía: “Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle”. Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto».


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

La transfiguración del Señor Jesús pone ante nosotros el horizonte, la meta a la que estamos llamados. Esto es lo que nos comparte San Pedro cuando nos dice: «Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad» (Segunda Lectura). Es nuestro destino glorioso el participar de aquella «transfiguración definitiva» del Señor Jesús en la gloria eterna. La paz, la serenidad, el gozo intenso, marcan esa felicidad plena a la que estamos llamados, aunque todavía haya que pasar por la cruz y es allí donde la esperanza activa y continua nos sostiene. El «hijo del hombre» bajará del cielo y el padre anciano le otorgará toda la potestad sobre los reinos, pueblos y naciones (Primera Lectura).


«Alguien parecido a un hijo del hombre»

Daniel (Dios es mi juez) era un judío de la alta alcurnia que fue llevado cautivo a Babilonia probablemente  cuando era solo un adolescente. En la corte del rey Nobucodonosor, se preparó a Daniel y sus tres amigos  (Misac, Sidrac y Abdénago) para que fueran consejeros reales. Dios concedió a Daniel gran sabiduría y el don de interpretar los sueños, por lo cual recibió la protección del rey Baltasar (sucesor de Nabucodonosor).  El libro de Daniel fue escrito en una época en el que pueblo se hallaba oprimido, quizás por la persecución de Antíoco Epifanes en el año 168 A.C. Los relatos y las visiones que figuran en el libro servían al pueblo de aliento y consuelo: Dios rescatará a su pueblo y lo restaurará.

Por el contexto de la Primera Lectura se desprende que Daniel asiste «en sueño» a una sesión del juicio de Dios que es presentado como un «anciano juez». Figura para encontramos en el Antiguo Testamento para contrarrestar la perennidad de Dios ante la caducidad de la vida del hombre (ver Sal 102,25-26; Is 41,2-4; Job 36,26).  Daniel describe la apertura de la sesión del tribunal supremo indicando la apertura solemne de los libros, en los cuales están escritos todos y cada uno de los actos humanos (ver Dn 12,1; Ex 32,32-33; Sal 69,29; 139,16; 1 Sm 25,29). Cuando todos esperaban la proclamación de una sentencia, inesperadamente Daniel pasa a relatar el destino de las bestias que son destrozadas y arrojadas al fuego eterno. Seguidamente pasa a describir simbólicamente el juicio de Dios sobre el resto de las bestias; indicando como los reinos humanos, significados por las bestias, no serán destruidos sino perderán su hegemonía y poder. En cambio, el poder que se levanta contra Dios será aniquilado definitivamente.

La segunda visión de este pasaje es muy importante y refiere que «alguien parecido a un hijo de hombre viene entre las nubes del cielo y se dirige hacia el anciano» que le concede un poder, una gloria y un reino eternos. La acción se desarrolla rápidamente: el origen y la actividad de este hijo de hombre es trascendente, viene de lo alto «entre las nubes del cielo» (ver Éx 13,21; 19,9; 1 Re 8,10; Is 19,1; Nah 1,3; Sal 18,10) y, presentado ante el anciano, recibe un reino eterno cuyo dominio es universal. La contraposición entre el origen de las bestias que surgen del mar y el hijo del hombre que viene del cielo es clara. En el desarrollo de las acciones del anciano se destaca la ejecución de su designio sobre las bestias y la entrega del poder y el reino a este «hijo de hombre»[1].


«Lo que hemos visto y oído»

En la carta de San Pedro queda absolutamente claro que nuestra esperanza y actitud vigilante se funda y sustenta en el «recuerdo vivo» de los apóstoles y en la «palabra de los profetas», directa alusión a la revelación del Antiguo Testamento. Para dar mayor fuerza a su exhortación Pedro apela a su condición de apóstol y a la responsabilidad que su misión le exige de cara a los destinatarios. Esta responsabilidad se presenta más acuciante ante la perspectiva de su muerte inminente que vincula al anuncio hecho por el mismo Jesús a su persona (ver Jn 21,18-19). Precisamente esta cercanía de la muerte da a la carta el valor de auténtico «testamento espiritual del príncipe de los Apóstoles». A su dignidad y responsabilidad de «cabeza de la Iglesia», Pedro une su condición de testigo de acontecimientos históricos para sustentar el anuncio de la parusía o segunda venida de Jesucristo. Esta venida ha sido anticipada en la Transfiguración de Jesús y no tiene nada que ver con los mitos y leyendas tan usados en los círculos gnósticos de aquella época.


«Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle»

Pocos días antes de la Tranfiguración, Jesús había anunciado que Él -  el Hijo del Hombre -  debía ser rechazado y crucificado por las autoridades (Lc 9,22; Mc 8,31). Según leemos en Marcos y Mateo, los discípulos, sobre todo Pedro, no entendieron el anuncio de Jesús y quedaron escandalizados por la noticia (Mt 16,22; Mc 8,32). Lucas no habla de la reacción de Pedro y de la dura respuesta de Jesús, pero cuenta, como hacen los otros, el episodio de la Transfiguración, por él entendido como una ayuda por parte de Jesús, de modo que los discípulos puedan superar el escándalo y cambiar de idea respecto al Mesías.

Así pues, en este contexto de tensión e incertidumbre; Jesús sube a la montaña para orar, llevando consigo a Pedro, Santiago y Juan. Es en la oración donde encontrará fuerzas para seguir su camino a Jerusalén. Y apenas Jesús ora, su aspecto cambia y aparece glorioso. Su rostro cambia de aspecto y su vestido aparece blanco y refulgente. Es la gloria que los discípulos imaginaban para el Mesías. Junto a Jesús, en la misma gloria aparecen Moisés y Elías, los dos mayores exponentes del Antiguo Testamento, que representaban la Ley y los Profetas. Hablan con Jesús del “éxodo - partida” que debería llevar a cumplimiento en Jerusalén. Así, delante de sus discípulos, la Ley y los Profetas confirman que Jesús es verdaderamente el Mesías Glorioso, prometido en el Antiguo Testamento y esperado por todo el pueblo. El éxodo de Jesús es su Pasión, Muerte y Resurrección. Confirmando que Él es el Mesías Siervo que se entregará por todos como un “cordero llevado al matadero”; liberándolos así de las falsas ideas sobre el Mesías y descubrir un nuevo significado del Reino de Dios.


La reacción de los discípulos

Los discípulos estaban profundamente dormidos. Cuando se despertaron, pudieron ver la gloria de Jesús y los dos hombres que estaban con Él. Pero la reacción de Pedro indica que no se dieron cuenta del significado de la gloria con la que Jesús aparecía delante de ellos. Como nos sucede también tantas veces, sólo nos damos cuenta de lo que nos interesa. El resto escapa a nuestra atención. “Maestro, bueno es estarnos aquí”. ¡Y no queremos descender de la montaña! Cuando se habla de Cruz, tanto en el Monte de la Transfiguración, como en el Monte de los Olivos (Lc 22,45), ¡ellos duermen! ¡A ellos les gusta más la Gloria que la Cruz! No les agrada oír hablar de la cruz. Ellos desean asegurar el momento de la gloria en el Monte, y se ofrecen para construir tres tiendas. Pedro no sabía lo que decía. Mientras Pedro habla, una nube desciende de lo alto y les envuelve con su sombra. Lucas dice que los discípulos tuvieron miedo cuando la nube los envolvió. La nube es un símbolo de la presencia de Dios. La nube acompañó a la muchedumbre en su camino por el desierto (Ex 40, 34-38; Num 10,11-12). Cuando Jesús subió al cielo, fue cubierto por una nube y no lo vieron más (Act 1,9). Una señal de que Jesús había entrado para siempre en el mundo de Dios.


La voz del Padre

Una voz sale de la nube y dice: “Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle”. Con esta misma frase el profeta Isaías había anunciado al Mesías - Siervo (Is 42,1). Después de Moisés y Elías, ahora es el mismo Dios quien presenta a Jesús como Mesías-Siervo, que llegará a la gloria mediante la cruz. Y nos deja una advertencia final: “¡Escuchadle!”. En el momento en el que la voz celeste se hace sentir, Moisés y Elías desaparecen y queda Jesús solo. Esto significa, que de ahora en adelante es sólo Él, el que interpreta las Escrituras y la Voluntad de Dios. Es Él la Palabra de Dios para los discípulos: “¡Escuchadle!”


Una palabra del Santo Padre:

«De este episodio de la Transfiguración quisiera tomar dos elementos significativos, que sintetizo en dos palabras: subida y descenso. Nosotros necesitamos ir a un lugar apartado, subir a la montaña en un espacio de silencio, para encontrarnos a nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor. Esto hacemos en la oración. Pero no podemos permanecer allí. El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a «bajar de la montaña» y volver a la parte baja, a la llanura, donde encontramos a tantos hermanos afligidos por fatigas, enfermedades, injusticias, ignorancias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que atraviesan dificultades, estamos llamados a llevar los frutos de la experiencia que hemos tenido con Dios, compartiendo la gracia recibida.

Y esto es curioso. Cuando oímos la Palabra de Jesús, escuchamos la Palabra de Jesús y la tenemos en el corazón, esa Palabra crece. ¿Sabéis cómo crece? ¡Donándola al otro! La Palabra de Cristo crece en nosotros cuando la proclamamos, cuando la damos a los demás. Y ésta es la vida cristiana. Es una misión para toda la Iglesia, para todos los bautizados, para todos nosotros: escuchar a Jesús y donarlo a los demás. No olvidarlo: esta semana, escuchad a Jesús. Y pensad en esta cuestión del Evangelio: ¿lo haréis? ¿Haréis esto? Luego, el próximo domingo me diréis si habéis hecho esto: llevar un pequeño Evangelio en el bolsillo o en el bolso para leer un breve pasaje durante el día. Y ahora dirijámonos a nuestra Madre María, y encomendémonos a su guía para continuar con fe y generosidad este itinerario de la Cuaresma, aprendiendo un poco más a «subir» con la oración y escuchar a Jesús y a «bajar» con la caridad fraterna, anunciando a Jesús».

Papa Francisco. Ángelus, 16 de marzo de 2014.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. San Andrés de Creta nos dice: «La cruz de Cristo es, en efecto, su gloria y su exaltación, ya que dice: Yo, cuando sea levantado en alto, atraeré a mí a todos los hombres». ¿Entiendo la dinámica de muerte para la vida que el Señor Jesús me invita a vivir? Morir para que otros vivan…

2. Pablo VI nos decía en uno de sus últimos mensajes: «La Transfiguración del Señor arroja una luz deslumbrante sobre nuestra vida cotidiana y nos lleva a dirigir la atención al destino inmortal que se esconde detrás de aquel acontecimiento». Jesucristo transfigurado nos muestra la plenitud a la que estamos llamados. ¿Vivo de acuerdo a mi dignidad? ¿Cómo puedo ir “transfigurando” mi propia existencia?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 444, 459, 554-556,568, 2583, 2600.




[1] Hijo del hombre: en hebreo es a menudo sinónimo de «hombre», miembro de la raza humana (Ver Nm 23,19; Is 51,12; Job 25,6). En el pasaje de Daniel 7 se utiliza con clara connotaciones apocalípticas. En los Evangelios aparece 70 veces este término y siempre es Jesús que se autodenomina así destacando su condición humana, aunque a veces destaca también su divinidad (ver Mt 16, 27; 24,30; Mc 8,31).